Vida y muerte de Ionela, una rumana de 23 años que se ahogó sobre la barra de su puticlub debido a un temporal de lluvia en andalucia

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Tenía 23 años y llevaba  como prostituta en España desde hace tres. Dormía desde hacía meses en el local donde trabajaba, el ‘California’, del que tenía llaves de la puerta. Su madre, desde Rumanía, cuenta su madre que su hija le decía que trabajaba de camarera.

Hay un ramo de flores y una vela delante del portón de entrada al prostíbulo California. Es lo que el periodista de EL ESPAÑOL encuentra cuando, por fin, descubre a la mujer que se esconde detrás de un titular que ha conmocionado a toda España: La chica que murió ahogada sobre la barra del prostíbulo en el que trabajaba.Se trata de Ionela Olguta Pantelimon, quien tras su llegada a España, hace tres años, se hacía llamar Alicia. Era un nombre más sencillo de recordar y de pronunciar para sus clientes.

La chica, una rumana de 23 años, murió ahogada este pasado domingo sin poder salir del club de alterne de Estepona (Málaga) en el que trabajaba. El local estaba anegado por las lluvias torrenciales que durante el fin de semana tuvieron en vilo a toda la provincia de Málaga. Pese a que la chica tenía llaves, cuando trató de huir fue demasiado tarde.
Domingo 4 de diciembre. Durante toda la madrugada anterior la lluvia no ha cesado de caer en tromba sobre la Costa del Sol. Sobre las 8 de la mañana, acabada la jornada de trabajo, Ionela se fue a dormir en uno de los cinco reservados que tiene el puticlub para que las chicas atiendan a los clientes. Poco después, la joven, que vivía allí sola porque no tenía casa, murió ahogada.

A las 9.37 de la mañana, Ionela llamó desesperada a Natalia, una paraguaya de 31 años que es la encargada del California. La chica, que había estado toda la noche atendiendo a hombres en aquel club de alterne -pequeño, sin alardes ni luces de neón-, se despertó sobresaltada por el agua que se colaba a borbotones a través de las puertas y de las ventanas. En ese momento ya le llegaba por encima de la cintura. La chica entró en pánico.
“Ven rápido, está entrando mucha agua por todos lados”, le dijo a Natalia, quien le pidió que se calmara y que saliera de allí rápidamente. ”Gritaba y gritaba. Me decía que ya no podía, que no encontraba las llaves y que llamara a los bomberos. Yo le dije que se subiera a la barra del local para estar más alta y poder respirar. De repente escuché un golpe y se cortó la llamada. Luego traté de hablar con ella dos o tres veces, pero el teléfono salía apagado. Mi amiga murió. No pudimos hacer nada”, se lamenta Natalia. Ionela encontró la muerte en el prostíbulo donde quiso ganarse la vida.
La tromba de agua llegó hasta el techo del prostíbulo California.
Ionela Olguta nació hace 23 años en Braila, una ciudad situada al este de Rumanía y cuya costa está bañada por el mar Negro. El paro, la pobreza y la falta de oportunidades son la tónica allí. Su madre declara a este periódico a través del teléfono y en un limitadísimo castellano que su hija emigró hace “casi 3 años” a España, aunque durante un tiempo también vivió en Inglaterra.
La madre de la chica ahogada, quien tiene otra hija, cuenta que Ionela “nunca” le contó que se prostituía. “Cuando hablábamos, una vez a la semana más o menos, me decía que estaba muy bien, que vivía en una casa de alquiler y que se ganaba la vida trabajando como cocinera en un restaurante de Estepona”. Como muchas otras rumanas, quienes copan los prostíbulos de media España mediante mafias que las explotan, Ionela no se sentía con fuerzas de contar la verdad.

“Salió de aquí, donde sólo hay pobreza, en busca de un mejor futuro. Aquí, ni su padre ni yo trabajamos -añade la mujer, que en varias ocasiones rompe a llorar durante la conversación con el reportero-. No me puedo creer que ahora no esté viva. Estoy desesperada”, dice.
Ionela no quería hacer sufrir a su madre. Por eso le mentía. Pero la fallecida, al poco de llegar a la Costa del Sol, comenzó a trabajar como prostituta en distintos clubes de alterne de Estepona y Marbella.
Por el California había pasado en varios ocasiones. Es un prostíbulo ubicado a las afueras de Estepona, en la autovía que une esta localidad malagueña con Marbella. La tragedia se produjo debido a que el local se encuentra en medio de dos valles y justo en la parte baja de una rampa que desemboca en una calle con varios garajes y algunos negocios, como talleres de coches. No se trata de burdel de lujo.
Juan es un mecánico portugués que lleva tres décadas en España. El hombre, que en la mañana de este miércoles sigue achicando agua de su taller y hace balance de daños, asegura que ha perdido unos 70.000 euros por las lluvias del pasado fin de semana.
Este señor, cuyo negocio colinda con el California, dice que la chica llevaba “cuatro o cinco meses” viviendo allí sola. “Algunos días la veía salir a mitad de mañana para ir a comprar tabaco a la gasolinera que está aquí al lado. Era una niña. Es una pena. No me quiero imaginar el horror que debió de pasar hasta morir”.
En la gasolinera, que se encuentra cerrada por los efectos del temporal, varios empleados tratan de adecentarla para su reapertura. Unos barren el barro con grandes escobas. Otros, ponen algunas baldosas levantadas por las lluvias. Todos cuentan lo mismo. Veían a Ionela desde hace “unos cinco meses”. “Siempre venía a por pitillos y a por algún Red Bull que otro”, dice una trabajadora.

Una compañera de Ionela, quien prefiere permanecer en el anonimato, dice que la chica vivía en el California porque no podía alquilar una casa debido a que no tenía contrato. “Ella le pagaba al dueño por quedarse allí. Además de llevarse el 60% de lo que cobramos por nuestros servicios, Ionela le pagaba por tener aquel techo”.

“¿Cuánto ganaba ella por servicio y a cuántos clientes atendía cada noche? “Cada día empezamos a trabajar sobre las nueve de la noche. Depende, pero podemos atender a entre cuatro cuatro y ocho clientes diarios. La hora suele costar entre 60 y 100 euros”.
A una media de 6 clientes diarios y a unos 80 euros por servicio, Ionela ganaba unos 480 euros al día, aunque no todos. De ellos, unos 280 euros iban a parar al dueño del California, Francisco Carrasco, de 60 años. Los otros 200 euros iban a parar a su bolsillo. “Pero eso es una mierda, te lo digo yo. La niña tenía que mandarle dinero a su novio, de 42 años, que vive en Rumanía. Él la tenía amenazada con contarle a su familia que era una puta”.
Pese a las palabras de esta chica, el dueño del California se defiende. Francisco Carrasco es un hombre delgado, bajito y sin un pelo en la cabeza, que este miércoles se la cubre con una gorra. Lo encontramos en Marbella comiendo en un bar colindante a su otro club de alterne, al que cuando lo abrió, hace 28 años, también le puso California. Pese a que algunos medios han publicado que fue detenido, en realidad sólo declaró ante la Policía Nacional y pudo marcharse a su casa.
“La chica no vivía allí. Mi pareja y yo -su pareja es Natalia, la mujer a la que llamó Ionela pidiendo auxilio- le dejamos quedarse allí a dormir hacía solo un par de semanas. Pero en unos días tenía pensado marcharse”.

Carrasco, cuyos dos hijos han seguido su senda laboral, dice que conoció a Ionela hace tres años, pero que la chica “no era una de las fijas”. “Iba y venía”, cuenta con voz gangosa y con una extraña pronunciación. “A veces venía un mes seguido y luego desaparecía”.
¿Y cuánto cobraba por sus servicios?, le pregunto. “Yo sólo cobro por las copas. Las mujeres acuerdan los precios por sí solas”. ¿Y qué hay de cierto en que usted se lleva gran parte de lo que les pagan? “Eso es mentira. Si quieren usar mis reservados, les cobro más caras las copas a los clientes. Pero nada más”.
Antes de despedirse -”voy con prisa”, dice”- subraya que él “no explota a nadie”. “Si estaba en mi casa, era por hacerle un favor. En mi local de copas las chicas entran y salen bajo su propia voluntad. Alicia tenía llaves de la puerta pero murió por una desgracia”.
En Braila, a 4.000 kilómetros de donde murió Ionela, su madre llora desconsolada. Cuatro días después de perderla, la mujer no sabe cuándo podrá ver los restos de su hija, quien nunca se atrevió a contarle que era prostituta.

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